Cambiada
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Parte
2
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Poco a poco, todos los asistentes
abandonaron la tienda, incluido Teócrates, el mensajero, hasta que
sólo quedó Xena. Estuvo contemplando un rato el hermoso trono
de Ares e, instintivamente, se sentó en él. Comenzó a
pensar. ¿A qué se debía la oferta de Ares y Gabrielle?
¿Qué querían hacer en Grecia con 14000 hombres que no
se pudiese hacer con 10000? ¿Y a qué se debía tanta urgencia?
Mientras permanecía hundida en estos pensamientos, no notó la
presencia de alguien que, de repente, estaba de pie frente a ella. No tardó
mucho tiempo en descubrirla. Con un rápido movimiento levantó
la cabeza y examinó a la mujer que tenía delante, a la que reconoció
al instante: pelo rubio, armadura dorada, ojos claros y una porte majestuosa
que sólo podía pertenecer a la segunda al mando de Zeus.
-Athena -dijo Xena con una voz alta y muy clara.
-Hola, Xena -saludó la diosa-. Veo que me reconoces. No lo esperaba
en una amphipolitana. No después de que me dejaseis de rendir culto
para adorar a Ares y Gabrielle y les entregaseis mis templos.
-Yo no tomé esa decisión, Athena -se excusó Xena.
-Sí, ya lo sé -dijo Athena-. Yo sé más de lo que
podrías pensar. También sé que te preguntaron tu opinión
y no dijiste nada.
-Si nos hubiésemos enfrentado a Ares, nos habría atacado -afirmó
Xena-. No podía consentirlo. Ya llevé a esta ciudad a la batalla
una vez y me costaron diez años de mi vida, además de la separación
de mi familia y el rechazo de mis vecinos. Y ahora tengo una hija. Eso no
volverá a pasar -Xena hizo una pausa-. ¿Qué haces aquí?
Amphipolis no es precisamente un lugar perfecto para ti para pasar unas vacaciones.
-Bien, Xena, seré directa -dijo Athena-. ¿Para qué os
han reunido Ares y Gabrielle?
-¿Eres una diosa y ni siquiera puedes espiar una simple reunión?
-preguntó Xena, irónica.
-No pude entrar porque Ares estaba vigilando -explicó Athena-. Alrededor
tenía puestos guardias detectores de cualquier presencia divina. En
el monte Olimpo creemos que estamos en peligro, y necesitamos saber el motivo
de la reunión.
-¿Qué te hace pensar que te lo voy a decir? -preguntó
Xena.
-Hubo un tiempo en que me respetabas -afirmó Athena-. Y sé que
sigues haciéndolo.
-Está bien -dijo Xena-. Si estamos en un lío, como me imagino,
creo que debería confiar en ti. Ares y Gabrielle quieren a 4000 de
nosotros para formar parte de un ejército que necesitan establecer
de inmediato en Grecia. No lo entiendo, porque cerca de aquí tienen
10000 hombres, y en toda Grecia, desde Macedonia a Esparta, habrá por
lo menos 20000...
Athena comenzó a caminar nerviosa por toda la tienda. Xena comenzó
a preocuparse.
-¿Qué ocurre? -preguntó Xena.
-Así que ése era su truco -comenzó a decir Athena, hablando
consigo misma, como olvidando a Xena-. Desviar nuestra atención. Movilizar
tropas hacia los pocos lugares que aún nos son leales. El sur de Grecia
está lleno de ejércitos, pero el norte está más
desprotegido. Con 10000 no tienen suficiente para amenazarnos a todos en el
norte, pero 14000 es un número perfecto. Y mientras...
-¿Qué estás diciendo? -preguntó Xena-. ¿Van
a entrar en una guerra contra vosotros, los demás dioses?
-Eso es justo lo que estoy pensando -afirmó Athena-. Somos muchos dioses,
y cada uno actuamos por separado. Sin embargo, estamos muy reducidos, pero
en una batalla, gracias a mí, acabaríamos ganando en unos meses.
Pero 14000 es más del doble de lo que podríamos reunir. Es suficiente
para que nuestros pequeños ejércitos pasen apuros. Tienen pensado
hacernos un largo asedio.
-¿Para qué? -preguntó Xena-. No entiendo para qué
querrían asediaros. ¿Y para qué querrían hacerlo
durante tanto tiempo? Perderían mucha de su riqueza manteniendo esa
misión suicida.
-Quieren que no nos interpongamos en su camino -explicó Athena.
-¿Cuál es su camino? -inquirió Xena.
-He estado reflexionando durante mucho tiempo -dijo Athena-. Durante un tiempo
estuve pensando sobre por qué Ares había convertido a Gabrielle
en diosa. Creo que lo hizo para que fuese simplemente su Reina Guerrera, sin
otros motivos. Pero de repente volvieron a Grecia. No completaron sus conquistas
en Oriente. Estaban a punto de embarcarse hacia una tierra lejana que tú
conoces, Japa, cuando repentinamente decidieron volver. Algunas tropas incluso
ya habían pisado la tierra de ese país, pero Ares y Gabrielle
suspendieron esa campaña. Estuve espiándoles durante un tiempo,
sin revelarme, cuando por fin encontré la pista a un informador que
había descubierto un antiguo pergamino de un bardo de Tracia que vivió
hace muchos siglos. No pude encontrar el pergamino, ya que Gabrielle se quedó
con él, pero conseguí la información que necesitaba.
Ares y Gabrielle están buscando el Puñal de Hécate.
El Puñal de Hécate. Xena recordaba haber oído ese nombre
alguna vez, pero no sabía nada concreto sobre esa arma.
-Háblame del Puñal de Hécate -pidió Xena.
-El Puñal de Hécate es una de las pocas cosas en el mundo que
puede matar a un dios -comenzó Athena-. Fue forjada hace mucho tiempo,
durante las guerras de Zeus contra los titanes. La diosa de la oscuridad,
Hécate, que desciende de los titanes, utilizó su magia para
dotar a una nueva arma, forjada por Hiperión y Atlas, de poderes extraordinarios.
El Puñal de Hécate puede matar a cualquier ser inmortal. Hay
otras armas que pueden hacerlo, pero Hécate añadió una
singularidad que la hace increíblemente poderosa. El Puñal de
Hécate no puede ser tocado por nadie que lleve la sangre de Rea. Así
se aseguró de que ninguno de los Olímpicos ni sus descendientes
pudiesen utilizar el arma contra los titanes, pero al no echar la maldición
sobre Cronos, padre de los primeros dioses, el líder de los titanes
puede usarla. Pero los titanes perdieron pronto la guerra, y el Puñal
no pudo ser usado, y se perdió en uno de los templos subterráneos
de Hécate. Muy pocos conocen su localización. Yo pude encontrar
el lugar en el que se haya en el pergamino.
Xena la miró preocupada. Athena continuó.
-Yo tengo la sangre de Rea, la mujer de Cronos, mi abuela -dijo-. Por tanto
no puedo empuñar el arma. Si lo intento, una fuerza invisible me empujará
en dirección contraria. Y Ares tampoco puede. Pero Gabrielle sí.
-¿Quieres decirme que Gabrielle va a matar a todos los dioses excepto
a Ares? -preguntó Xena, incrédula-. Podría cogerlo como
seguro de que no los atacaríais ni frustraríais sus propósitos,
pero nunca la usaría para eliminaros del mapa.
-Nosotros hemos impedido algunas acciones de Ares y Gabrielle -aseguró
Athena-. Y a veces les seguimos, moderando sus acciones o intentando contrarrestarlas.
Sin nosotros, no tendrían muchos obstáculos para gobernar el
mundo.
-Puede que Ares sí -dijo Xena, aunque le costaba admitir que Ares fuese
tan malvado. Se preguntaba por qué-. Pero Gabrielle nunca. Ella no
lo permitiría.
-Veo que no conoces bien a la nueva Gabrielle -afirmó Athena-. Xena,
ha cambiado. Ya no es la alegre bardo que viajaba contigo. Ahora es la compañera
de Ares, la diosa de la conquista. Han hecho cosas terribles. Incendiaron
Atenas, envenenaron a los espartanos, vendieron como esclavos a todos los
habitantes de Corinto. Mataron a Hércules y a Iolaus. Exterminaron
a los seguidores de Eli. El ejército romano fue devastado, y tomaron
las ruinas del imperio. Quemaron la verde Irlanda, que ahora es una isla de
cenizas. Britania es una tierra pobre e insegura, donde cualquiera mata por
conseguir un pedazo de comida, debido al estado en el que la dejaron Ares
y Gabrielle. Mataron a la mitad de los habitantes de Hispania. Germania ha
quedado casi despoblada. La última amazona murió hace un par
de años. Destruyeron todos los monumentos de Egipto para instaurar
su propio culto. Viajaron a la India y le arrancaron los cuernos al toro de
Shiva, le dejaron morir desangrado, y utilizaron las astas para matar a todos
los dioses hindúes, pues tenían ese poder, hasta que lo perdieron
mientras agonizaba el último, Krishna. Ya no queda ninguno vivo, y
en la India aceptaron rendirles culto, convirtiéndose en sus esclavos.
Destruyeron la muralla que protegía Chin de los bárbaros para
provocar una guerra entre ellos. Ganó Chin, pero quedó muy debilitada
y Ares y Gabrielle tardaron poco en vencerles y destruir todos los palacios
y monasterios. Gabrielle intentó comprender el libro de Lao Ma, pero
como K'ao Hsin se negó a ayudarla, la mató, y como no puedo
obtener el poder del libro, lo quemó. Y cuando se dirigían a
Japa, después de haber destruido los puertos del oeste, decidieron
volver. No, Xena, ella no es la persona que te dejó hace seis años.
-No te creo -dijo Xena-. Gabrielle no puede volverse tan despreciable y despiadada.
-No puedo culparte -afirmó Athena-. Era tu amiga. Xena, tienes que
ayudarnos a recuperar ese puñal antes de que caiga en manos de Ares
y Gabrielle. Los dioses no podemos cogerlo, y la mayoría de los mortales
no saldrían vivos del templo, pero tú eres capaz de hacerlo.
Xena se quedó callada un momento, reflexionando.
-De acuerdo -dijo Xena-. Lo haré. Pero sólo para evitar que
Ares engañe a alguien para coger el puñal, como a Gabrielle,
y pueda hacer el mal con él.
Athena la miró con cara de alegría.
-Sabía que no me defraudarías -dijo-. Ten cuidado. El templo
es peligroso. Habrá trampas.
-Sabré cuidarme -afirmó Xena-. Llévame allí.
Athena tocó a Xena en el hombro y desaparecieron.
Xena observó que estaban en
un lugar muy oscuro, en el que no apenas había luminosidad. Estaban
bajo tierra y hacía calor. El aire estaba enrarecido. Intuyó
que la escasa luz que veía provenía de Athena. Tras ella había
una puerta que parecía estar cerrada. Era un templo que parecía
descuidado, lleno de polvo y telarañas, pero Xena supuso que era un
lugar perfecto para esconder un tesoro como ése. Ese Puñal tenía
un poder muy grande, y seguramente muchos habrían intentado cogerla
antes que ella. Athena hizo aparecer una antorcha y se la dio a Xena.
-Toma -le dijo-. La necesitarás, aunque creo que se apagará
antes de que puedas salir.
-Gracias -dijo Xena.
-Ahora tengo que irme -dijo Athena-. Hécate permite a los dioses traer
gente hasta esta entrada, pero sólo podemos salir sin compañía.
Tendrás que salir por ti misma.
-Eso no será un problema -aseguró Xena.
-Sabía que dirías eso -dijo Athena, sonriendo. A continuación,
se desvaneció.
Xena exploró el lugar con la ayuda de la antorcha, sin moverse del
sitio. Supuso que habría trampas, ya que Athena había dicho
que muchos mortales no saldrían vivos del templo. Anduvo con cuidado
un a través de un largo corredor. De repente se paró y decidió
tomar otra medida. Tomó el chakram y lo lanzó. Las dos partes
de su arma se dividieron y golpearon el suelo y las paredes del corredor,
pero no ocurrió nada. Xena siguió avanzando, pero repentinamente
oyó un ruido por detrás de ella: la puerta que comunicaba la
entrada con el corredor se había cerrado. Estaba claro que el mecanismo
de cierre actuaba con retraso. Xena supuso que no podría salir por
allí, si es que la puerta de la entrada se podía abrir desde
dentro. "Athena nunca me habría dejado aquí si no hubiera
una salida", se dijo, y continuó.
Estuvo casi una hora caminando hasta que se dio que había llegado a
un laberinto. Sin embargo, pensó que no podía ser muy complicado.
No había vestigios de vida en el pasado por los pasillos, y sin duda
el Puñal había sido buscado más de una vez, por lo que
supuso que llegar a la sala en la que estaba el arma era sencillo... pero
salir sería difícil. Se preocupó un poco, pero decidió
seguir buscando por el templo para mantener la mente ocupada.
No tardó mucho más en encontrar la Sala del Puñal. No
parecía haber puerta, y dentro estaba totalmente oscuro. Xena entró,
vigilando la puerta por si aparecía algo que la obstruyera, pero no
ocurrió nada. Iluminó la estancia con la antorcha, y reprimió
un grito de horror. El suelo estaba lleno de esqueletos. Ahora sabía
por qué tan poca gente conocía la localización del Puñal.
Los que intentaban encontrarla, morían.
En el centro de la sala había un pedestal. El Puñal estaba sobre
él. Xena reemplazó una antorcha vieja que estaba colgada en
la pared por la suya, y contempló el Puñal. Comprobó
que era un arma totalmente negra. La hoja reflejaba con una extraña
belleza la luz de la antorcha. Xena rozó el Puñal y sintió
su tacto agradable. El arma no estaba fría. Lentamente, Xena lo cogió.
Cuando pudo admirar plenamente el Puñal, oyó un ruido y dio
un salto hacia la entrada a la sala. Unas lanzas estaban saliendo de las paredes
y tapando la entrada. Seguramente habría podido pasar solamente recibiendo
arañazos, pero Xena se paró instintivamente y se tiró
al suelo. Quizás había sido por el olor, pero Xena supo que
un simple arañazo la hubiera matado. Se acercó a las lanzas,
que ahora servían de puerta infranqueable, y comprobó que estaban
impregnadas de veneno. Las lanzas parecían de una gran dureza, y estaban
muy unidas. Quizás la fuerza de Xena las habría hecho ceder,
pero Xena no pensaba tirarse sobre unas armas que llevaban el veneno de una
diosa de la noche, la magia y la oscuridad. Tampoco pensaba probar con el
chakram. El metal de su arma preferida entraba en contacto con su piel, y
estaba segura de que si el chakram se manchaba de veneno, el simple contacto
con él podría tener consecuencias nefastas.
Buscó durante un rato la salida. Sabía que tenía que
haber una. Ahora ya sabía por qué había tantos esqueletos
en esa sala. Supuso que sería la misma Hécate quien ponía
el puñal en su sitio cada vez que un intruso que se había apropiado
de él moría. Pero Xena sabía que a ella no le iba a pasar
eso. El rato que pasó buscando la salida se convirtió en varias
horas. Y tuvo que sentarse a descansar. Estaba agotada, el aire del templo
no le permitía respirar bien. Cedió, y se quedó dormida,
sosteniendo el Puñal de Hécate en la mano.
Xena abrió los ojos. No estaba
segura de cuánto tiempo había pasado, pero seguramente habían
sido horas. Había malgastado su tiempo, pero ahora estaba mucho más
despejada y con más fuerzas. Volvió a buscar en las paredes.
No tardó mucho en encontrar algo en la misma pared en la que se había
apoyado para dormir. Eran unos caracteres extraños que sin duda no
estaban allí para adornar. Xena los examinó, y enseguida descubrió
que eran letras griegas puestas al revés. Le costó un poco de
esfuerzo, pero pudo leer la frase que estaba allí.
-"Los que entraron en el templo de la oscuridad deben abrazarla para
sobrevivir" -leyó, con voz clara. Se preguntó que podría
significar aquello. Debajo de los caracteres estaba dibujado un círculo.
Xena supuso que tendría relación con la frase que había
leído. ¿A qué se refería ese extraño acertijo?
No pensaba que fuese un buen momento para convertirse en devota de la diosa
Hécate. En cualquier caso, las palabras reveladas por un dios no debían
considerarse al pie de la letra. Estuvo pensando un poco más, pero
no llegaba a ninguna conclusión.
Distraídamente, centró su atención en la antorcha que
estaba en la pared. No duraría mucho tiempo. "Abrazar la oscuridad...",
pensó Xena. "Bueno, dentro de poco la abrazaré aunque no
quiera." Casi de inmediato se dio cuenta de que había resuelto
el acertijo. Xena se levantó rápidamente, cogió la antorcha
y se puso enfrente de la pared con los caracteres escritos al revés
y el dibujo del círculo. Xena no lo pensó demasiado tiempo.
Con fuerza, cerró los ojos y estampó la antorcha contra el círculo
dibujado en la pared, al grito de "¡Oscuridad!". Inmediatamente,
se quedó a oscuras.
A Xena se le hizo eterno el escaso
tiempo que transcurrió entre que se quedó sin luz voluntariamente
y cuando comenzó a escuchar algo. Era un ruido extraño. Sin
duda, algún mecanismo se estaba accionando.
Enfrente de ella, en la pared donde había apagado la antorcha, comenzó
a abrirse una puerta. No podía ver qué había detrás,
porque una luz blanca, potente y cegadora, surgía del lugar oculto.
Quizás fuese, simplemente, la luz del sol, que a Xena le parecía
mayor tras haber estado tanto tiempo en aquel oscuro lugar. Comenzó
a alegrarse. Tras cerciorarse de que tenía en la mano el Puñal
de Hécate, dio un paso al frente, pero no llegó a posar el pie
en el suelo de la estancia misteriosa. Dio media vuelta y comprobó
que detrás de ella, en la pared paralela a aquélla en la que
se había abierto la puerta, había aparecido otra escapatoria,
que daba a un lugar aparentemente tan cerrado como la sala en la que estaba,
y absolutamente oscuro. Xena estaba a punto de volver a darse la vuelta cuando
reflexionó en voz alta sobre su situación.
-Hécate es una diosa misteriosa, que rige la oscuridad y la noche -se
dijo-. Una entrada o salida a un templo suyo tan secreto e importante nunca
daría a un lugar tan luminoso.
Y sin dudarlo ni un momento, entró en la habitación oscura.
La puerta se cerró detrás de ella, y rápidamente quedó
inconsciente.
-Hola -le dijo una voz conocida.
Era la de Athena.
Xena se levantó. Estaba tumbada en un prado de hierba verde, bajo el
cielo azul con pocas nubes. Había un bosque cerca de allí, y
podía oír el rumor del agua. Xena comprobó que aún
tenía el Puñal de Hécate.
-Lo conseguí -dijo Xena.
-Sí -afirmó Athena-. Sabía que lo conseguirías.
-Aquí está el Puñal -dijo Xena, mostrándoselo-;
pero no sé qué hacer con él.
-Quizás puede ayudarte a tomar esa decisión -dijo Athena-. Pero
puede que no te guste lo que muestre.
-Correré el riego -afirmó Xena-. Sé que tus consejos
son sabios, Athena. Pero, ¿dónde estoy? ¿Y cuánto
tiempo ha pasado desde que entré en el templo?
-Estás encima del templo -dijo Athena, animada-. Pero a mucha distancia.
Y sobre tu segunda pregunta, entraste en el templo ayer por la mañana.
Y hoy ya ha pasado el mediodía. No te preocupes por tu familia y por
Joxer; mandé a mi hermano Hermes para advertirles de que estarías
fuera unos días.
-¿Unos días? -preguntó Xena-. Me gustaría volver
a casa cuanto antes.
-Antes tienes que ver algo -dijo Athena-, como ya te he anunciado. Pero cambiará
tu vida. Puedo encontrar a alguien que te reemplace, y así podrás
volver tranquilamente a Amphipolis.
-¿Qué me reemplace? -preguntó Xena-. ¿En qué?
-Una misión -respondió escuetamente Athena-. ¿Quieres
acompañarme o prefieres volver a casa?
-Llévame contigo -pidió Xena.
-Es tu decisión -dijo Athena, y desaparecieron de allí.
Xena estaba en una habitación
oscura. Las ventanas estaban cerradas, pero la decoración y los muebles
estaban cuidados. Xena tuvo la sensación de haber estado allí
antes. En cuanto reconoció que el diseño de todo lo que estaba
en la habitación era romano, comenzó a ponerse nerviosa.
-Athena, ¿dónde estamos? -preguntó, inquieta.
-En el antiguo palacio de César, en Roma -contestó Athena, tranquilamente-.
Cuando Ares y Gabrielle conquistaron Roma, tomaron este palacio y lo adaptaron
a su gusto. Ahora es su Palacio. El Senado fue convertido en un Templo gigantesco
dedicado a ellos. Hay muchos guardias vigilando el palacio, pero eso no será
un problema. Lo que tienes que ver está en las afueras de Roma.
-Vamos -dijo Xena-. Me estoy cansando de tanto misterio.
Athena condujo a Xena por el palacio. Intentó evitar algunos lugares,
temerosa de los guardias de Ares que podían detectar a los dioses,
por lo que salir del recinto fue más complicado de lo que Xena pensaba.
Dentro del palacio había mucho movimiento de sirvientes y un gran número
de guardias. Los muros habían sido reforzados, por lo que era casi
inexpugnable en muchos puntos. Finalmente salieron por una puerta trasera.
Temerosas de llamar la atención, Athena hizo aparecer dos capas y se
las pusieron, pues por las calles de Roma no podrían encontrar tantos
escondites como en el palacio de Ares y Gabrielle. Xena no notó mucha
diferencia con la Roma que conocía, excepto quizás que había
menos gente, y que estaba bastante silenciosa. La marcha siguió durante
mucho tiempo, tanto que cuando por fin llegaron a la puerta oeste de Roma,
lo cual parecía ser la intención de Athena, ya estaba atardeciendo.
-Xena, lo que vas a ver no te gustará -le advirtió Athena-.
Será muy doloroso para ti.
-Ya te dije que te ayudaría -dijo Xena-. No me echaré atrás
ahora.
-De acuerdo -dijo Athena-. Tienes que salir de la ciudad y mirar hacia el
norte. Eso es todo.
Xena se extrañó de lo simple que parecía la petición
de Athena. Sin dudar ni un instante, se dirigió a la puerta, seguida
por Athena. Cuando hubo salido de la ciudad, avanzó unos pasos y se
giró hacia el norte, que quedaba a su derecha. Lo que vio la dejó
helada. Apenas pudo avanzar unos pasos antes de caer al suelo de rodillas,
llorando. Estaba destrozada, y comenzó a gritar, pero pronunciando
frases sin sentido. En el campo que estaba a las afueras, que ahora estaba
contemplando, había miles de crucificados. Ninguno parecía estar
vivo, pero las crucifixiones se habían realizado ese mismo día.
Xena reconoció entre los muertos a soldados romanos, por su uniforme,
pero también a civiles. Además de hombres, había mujeres,
ancianos y niños. Se había cometido una barbarie.
Athena se acercó a ella, pero permaneciendo detrás, y comenzó
a hablarla.
-Esta mañana se produjo la batalla entre los rebeldes y el ejército
de Ares y Gabrielle -dijo-. No fue una batalla muy larga. Tuvo lugar en este
campo. Los rebeldes se hicieron con el control de esta puerta y algunos de
ellos salieron por ella a luchar. Fue una batalla desesperanzada, pues el
ejército de Ares y Gabrielle era mucho más superior. Apenas
hubo muertos, ya que casi todos fueron capturados. Mientras transcurría
la batalla, los guardias de la ciudad apresaron a todos los ciudadanos de
las zonas controladas por los sublevados, aunque muchos no estaban relacionados
con la revuelta, sino que habían tenido la mala suerte de estar en
un barrio que había sido conquistado por los rebeldes. El veredicto
para todos, hombres, mujeres, ancianos y niños fue la cruz.
Athena dejó de hablar. Xena permanecía impactada. Nunca había
pensado que tanta gente pudiese ser crucificada a la vez. Sus ojos continuaban
llorosos, y continuamente profería gritos de desesperación.
-¡Gabrielle! -gritó Xena-. ¡Gabrielle! ¿Por qué
has hecho esto? ¿En qué te has convertido? ¿Qué
sido de la bardo que contaba historias? ¡Eres un monstruo!
A continuación, comenzó a susurrar a Athena. Aunque era una
diosa, le costó entender lo que decía.
-Antes de que se fuera, le dije que no fuese muy dura -dijo Xena, sollozando-.
No me ha hecho mucho caso. Y parece que nos ha estado engañando a todos.
¿Sabes? Una vez pedí que no se apagase su luz interior. Ahora
sé que ya se ha apagado.
-No dije que sería fácil -dijo Athena.
Xena hizo una pausa. Luego volvió a mirar a los crucificados y se volvió
a Athena.
-¿Cuándo? -preguntó Xena, mostrando el Puñal de
Hécate, que se había descolgado del cinturón.
-Mañana -dijo Athena-. Al mediodía Ares y Gabrielle tienen previsto
presidir un desfile triunfal del ejército que derrotó a los
rebeldes. Allí podrás encontrarte con ellos.
-Sí -dijo Xena-. Mañana. Mañana los mataré.
Athena llevó a Xena a un templo
secreto a las afueras de Roma, donde pasaron la noche. Xena durmió
poco, y muy de mañana se levantaron para encaminarse a las calles de
la ciudad, cubiertas con las túnicas que habían cogido el día
anterior. Xena tenía que estudiar el lugar en el que iban a estar Ares
y Gabrielle, y encontrar desde dónde tenía que atacarlos. Athena
la acompañaba, pero a cierta distancia. Poco a poco la gente iba llegando,
y mucho antes de la aparición de Ares y Gabrielle, las calles se abarrotaron.
Xena contempló el palco desde el que los dos dioses verían el
desfile. Era prácticamente inaccesible, pues estaba muy alto, y dar
un salto desde abajo con todo el ejército de Roma desfilando con sus
poderosas armas era un suicidio. Tenía que intentarlo desde otro lugar.
De repente, tuvo una idea, pero era como meterse en el cuartel de un enemigo
en tiempos de guerra. Xena dudó, pero no tenía alternativa.
Le dijo a Athena que se fuese, pero que se quedase cerca, y que no la siguiera.
Tenía que hacerlo sola. Athena no pudo ver dónde se iba, ya
que Xena desapareció entre la gente. No había perdido ninguna
de sus facultades como guerrera.
Y el desfile comenzó. Una tras una, las legiones de Ares y Gabrielle
en la zona pasaban por la calle, no demasiado ancha. También se habían
unido a la celebración ejércitos cercanos que no habían
participado en la defensa de Roma, pero que daban más espectacularidad
y duración al acto. Ares y Gabrielle, vestidos a la usanza romana,
presidían el acto, del que parecían disfrutar bastante. Por
orden suya, las armas de los guerreros no se habían limpiado, y aún
estaban llenas de sangre. Athena comenzaba a impacientarse, porque el desfile
avanzaba y Xena aún no había actuado.
La princesa guerrera había conseguido infiltrarse en el palco, pero
aún no se había mostrado. Confiaba en la sorpresa para vencer
a sus adversarios. Gracias a sus habilidades aprendidas hacía años,
había podido esconderse incluso de los dioses. Pero ahora tenía
que actuar. Lentamente, se fue acercando. Se sorprendió de que no hubiese
guardias en el palco, pero considerando que varios de sus ejércitos
estaban a pocos metros de ella, comprendió la seguridad que sentían
Ares y Gabrielle.
Sin hacer ruido, se situó a escasos pasos de ellos. Levantó
el Puñal de Hécate, que llevaba en su mano derecha, y se abalanzó
sobre Ares, que estaba a su derecha, gritando "¡Venganza!".
Ares y Gabrielle, sorprendidos, consiguieron esquivar a Xena, pues no sabían
a quién de los dos iba a atacar. Sin embargo, Ares fue alcanzado, pero
lo que habría sido una herida mortal se había convertido en
un simple mal recuerdo que sanaría fácilmente. Xena intentó
dar un nuevo golpe a Ares, esta vez definitivo, pero el dios de la guerra
lo esquivó. Entonces, se encontró con Gabrielle. Ésta
la miraba asombrada y parecía estar inmovilizada. Xena no lo dudó
y corrió para acuchillarla, pero Gabrielle utilizó sus poderes
y Xena salió volando unos metros hacia el interior del palco. Entonces
Gabrielle pareció percatarse de que Ares estaba herido, y miró
hacia el arma que había utilizado Xena, que después del ataque
de Gabrielle, había caído cerca de Ares, que estaba tumbado
en el suelo boca abajo. No tuvo ninguna duda de qué arma era.
-¡Es el Puñal de Hécate! -gritó Gabrielle-. ¡Ares,
no dejes que lo coja de nuevo!
Sin pensar en las consecuencias, Ares extendió la mano e intentó
coger el Puñal, mientras Xena aún estaba aturdida. Antes de
que sus dedos pudiesen tocar la piedra forjada que formaba el Puñal,
una fuerza invisible le lanzó varios metros hacia fuera y cayó
en la calle. Gabrielle decidió ir a por el Puñal, y comenzó
una carrera contra Xena, que pudo hacerse con él justo antes de que
Gabrielle lo alcanzara. Intentó herir a Gabrielle con él, pero
fue inútil, ya que Gabrielle la golpeó varias veces, sin compasión,
hasta que su mano cedió y dejó caer el Puñal. Gabrielle
lo contempló maravillada justo cuando volvía Ares, con una gran
sonrisa. Xena estaba exhausta y se dio por vencida, pero Ares y Gabrielle
no la dejaron descansar. Hicieron que subieran unos guardias para que ataran
a Xena. La obligaron a arrodillarse ante ellos, con una expresión en
el rostro entre alegría y odio.
-Gracias, Xena -dijo Gabrielle-. Nos has traído lo que queríamos.
Xena estaba demasiado cansada como para responder.
-Me gustaría saber cómo te enteraste de que lo estábamos
buscando -dijo Ares-, pero en realidad da igual. Ahora mataremos a todos los
dioses que se crucen en nuestro camino y dominaremos el mundo.
Xena lanzó a Ares y Gabrielle una mirada de desprecio.
-¡Necesito tu ayuda! -gritó, con todas las fuerzas que le quedaban.
Ares y Gabrielle se miraron, preocupados. ¿A qué se refería
Xena?
No tuvieron que esperar mucho. Rápidamente Athena, alertada por la
llamada de Xena, apareció de repente en el palco. Ares y Gabrielle
la miraron sorprendidos. Athena intentó dar el primer golpe, dirigido
a Gabrielle, pero ésta lo esquivó. Otro golpe más, esta
vez dirigido a Ares, falló. En ese momento Gabrielle tuvo una idea
y atacó con ferocidad y ansia de sangre a Athena, clavándole
el Puñal de Hécate en el abdomen. Athena dio un grito de mucho
dolor y retrocedió, mientras sangraba abundantemente, dejando su rastro
mientras se movía. Finalmente, cayó del palco y murió.
-Bueno, Ares -dijo Gabrielle-, ahora sabemos que el Puñal funciona.
Xena se derrumbó. Athena era su última esperanza. Estaba muy
cansada, como nunca lo había estado en su vida, y no podía intentar
otra cosa. Esperó un golpe final por parte de Gabrielle que la rematase,
pero no llegó.
-Llevadla a la mazmorra del Palacio -ordenó Gabrielle a los guardias-.
Vigiladla varios hombres, y no confiéis en ella. No la hagáis
caso. Quitadle la armadura y aseguraos de que no se queda con armas escondidas.
Antes llevaba una daga entre los pechos -se acercó a Xena y cogió
el chakram-. Bueno, va siendo hora de que aprenda a usar esto. Y estará
mejor en mis manos que en las tuyas.
Los guardias levantaron a Xena y la ayudaron a moverse, porque estaba tan
débil que a duras penas se mantenía de pie. La tenían
bien sujeta. Cuando por fin llegaron a la mazmorra, le quitaron la armadura
y requisaron todas las armas, como les había dicho Gabrielle. Además,
la ataron con fuertes cadenas. Pusieron cerca de su celda varios guardias.
"No os preocupéis", pensó Xena. "No intentaré
escapar. Ni siquiera sé si probaría a hacerlo si tuviera suficientes
fuerzas".
El tiempo pasó lentamente.
Con Athena muerta, la única posibilidad era un intento de huida por
sí misma. Pero ahora no podía hacer nada. Intentó dormir,
pero no pudo, a pesar de que estaba exhausta. El cambio que había experimentado
Gabrielle le turbaba. La noche anterior había procurado no pensar en
ello y descansar, y lo había conseguido, pero ahora no podía.
¿Cómo era posible que su dulce amiga hubiese cambiado tanto,
hasta convertirse en un monstruo? ¿Cómo era posible que alguien
que había sido pacifista propiciase una masacre? Una vez había
pedido que nunca se apagase la luz interior de Gabrielle. Ahora, alguien la
había apagado.
Alguien... Estaba segura de que Gabrielle nunca habría optado por esa
vida si hubiese sido libre de elegir. Alguien la había manejado sin
que Gabrielle se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo. Poco a poco, su
mente dejó espacio a una nueva inquilina, que fue destruyendo a la
hospedadora. Deseó destruir a quien había manipulado a Gabrielle
y la había convertido en una asesina. ¿Quién era? Era
posible que su fin estuviese cerca, pero quería saber lo que le había
ocurrido a Gabrielle. ¿Quién?
Su respuesta llegó cuando vio a Ares, que iba seguido de Gabrielle.
Claro. Él había convertido en diosa a Gabrielle. Quizás
esos poderes venían con efectos secundarios. Mientras pensaba en esa
cuestión, el carcelero abrió la celda y Ares y Gabrielle entraron.
Observaron a Xena. Gabrielle casi sintió lástima por ella.
-Xena, hemos venido para comunicarte la sentencia -anunció Gabrielle-.
Mañana por la mañana serás llevada a la calle en la que
ocurrió todo. Nosotros nos situaremos en el palco. Si nos prometes
fidelidad y te unes a nosotros, te perdonaremos la vida. Podrás ir
a Amphipolis antes de reunirte con nuestro ejército, y podrás
visitar a tu familia periódicamente. Ahora ya no necesitamos un ejército
en Grecia, así que el trato con la ciudad queda anulado, y no daremos
más defensa a la ciudad a menos que tú aceptes unirte a nuestra
causa.
Xena no respondió.
-Eso era todo -dijo Gabrielle-. Nos veremos mañana.
Gabrielle se fue sin mirar hacia atrás. Ares sí giró
la cabeza, pero sólo un momento. Xena oyó sus pasos al alejarse,
y se hundió en sus pensamientos.
Xena se distraía escuchando
el ruido de una gotera. De repente sintió frío, pero no encontró
nada para taparse, y además tenía las manos encadenadas. Rápidamente
comprendió que el frío no se debía a un factor exterior,
sino a la presencia de un viejo conocido.
-Ares -saludó Xena-. ¿Sabe Gabrielle que estás aquí?
-Gabrielle no es mi dueña, sólo es la propietaria de mi corazón
-respondió Ares-. No me vigila. Está descansando.
-¿Qué haces aquí? -preguntó Xena, enfadada.
-Quería verte -dijo Ares-. Y hablar contigo. Desde que nos hemos vuelto
a encontrar, no hemos estado a solas ni un instante.
-No lo he echado de menos -mintió Xena.
-Quería decirte que... -Ares se acercó a Xena y acarició
su rostro- yo... nunca he dejado de amarte -y tras decir esto, Ares se inclinó
lentamente y besó a Xena. Ésta simuló sentir indiferencia.
Ares se retiró, también lentamente.
-Yo he estado muy bien sin ti, Ares -afirmó Xena-. Mataste a mi amigo
Eli.
-¿Eli? -dijo Ares-. Su religión no tenía futuro. Su fe
ha sido eliminado de la faz de la Tierra. Nadie le recuerda, excepto Joxer
y tú.
-Eso excluye a Gabrielle -dijo Xena. Ares no dijo nada-. Ares, ¿qué
le has hecho? Cuando hablé con ella noté que le costaba recordar
algunas cosas. Mi madre también lo notó. Y sabes que Gabrielle
nunca se comportaría como esta diosa a la que me he enfrentado.
-Es Gabrielle -dijo Ares-, pero ha cambiado mucho. Al principio, cuando aceptó
mi oferta, yo le mostré cómo podía usar mis poderes para
el bien. Salvé un par de aldeas, y luego le di la ambrosía.
Cuando eres un dios las cosas se ven un poco distintas, Xena. Ella tenía
un corazón puro, pero mi compañía la hizo cambiar. Yo
le mostré una nueva vida, le mostré el poder que podía
alcanzar, y poco a poco hice que se olvidara de todo lo que había conocido
antes de unirse a mí. Eso ayudó a que cambiara.
-Así que es tu culpa -acusó Xena.
-No, Xena -dijo Ares-. Yo sólo fui un camino para ella. Fue Gabrielle
quien descubrió que le gusta el poder. Fue ella quien descubrió
que le gusta esta nueva vida.
Ares salió de la celda, visiblemente deprimido. Xena le miró
con lágrimas en los ojos.
-No, Ares -murmuró Xena, hablando tan bajo que Ares no la oyó-.
Tú se lo hiciste creer.
Antes de que Ares se fuera del todo, Xena se incorporó todo lo que
las cadenas le permitían y alzó la voz.
-¡Ares! -exclamó-. ¿Por qué me cuentas esto ahora?
Ares la miró con cara triste.
-Porque te amo -dijo-. Nunca te he olvidado.
-A veces te echaba de menos -reconoció Xena-. Estos seis años
me dieron mucho tiempo para pensar.
Ares sonrió ligeramente y se fue. Xena también se mostró
más alegre, pensando en él.
Y llegó la hora del juicio.
Xena, que había dormido mejor de lo que esperaba, no se mostró
nerviosa. No había perdonado a Ares por lo que había hecho,
pero había algunas cosas que no podía olvidar. Ahora que sabía
lo que iba a ocurrir, prefería afrontarlo así, sin más
dolor ni vacío en el corazón.
Los guardias abrieron la celda y la obligaron a levantarse. Esta vez Xena
no necesitó ser empujada ni ayudada, pues caminó decidida hasta
el palco. Enfrente de él se pararon los guardias, y obligaron a Xena
a arrodillarse. Alrededor de ellos había mucha gente. Sonaron unos
tambores y en el palco aparecieron Ares y Gabrielle. Ella estaba muy tranquila
y segura, pero él parecía apenado y sombrío. Xena les
miró con decisión.
-Bien, Xena -dijo Gabrielle-. Ya conoces la oferta. Si nos prometes fidelidad
y te unes a nuestra causa, te perdonaremos la vida y tu ciudad tendrá
nuestra protección. ¿Aceptas esta generosa oferta?
Hubo un momento de expectación. Algunos habían hecho apuestas,
pero iban muy igualados el sí y el no. Xena parecía serena e
impávida.
-¿Qué causa? -preguntó Xena-. ¿La destrucción?
¿La masacre? ¿El mal?
Gabrielle la miró extrañada.
-No, Xena -dijo-. Sabes que nos dedicamos a hacer el bien y ayudar a los necesitados,
y a garantizar la paz. Nosotros nunca haríamos nada de lo que me estás
diciendo.
-No seas falsa -dijo Xena-. Gabrielle, una vez te quise. Ahora me das asco.
-¿Esto es un no? -preguntó Gabrielle, visiblemente ofendida.
-Lo es -dijo Xena, más segura que nunca.
-Acepta las consecuencias -dijo Gabrielle, levantándose-. Ya sabes
cuál es la pena -continuó, amenazante.
-La conozco -afirmó Xena-. Pero nunca me uniré a vosotros.
-¡Ciudadanos de Roma! -gritó Gabrielle-. Xena, la princesa guerrera,
la asesina, ha rechazado nuestra oferta. El castigo por intento de asesinato
es la pena de muerte. Y en Roma, el método usado es la crucifixión
-hizo una pequeña pausa, y después elevó aún más
la voz-. ¡Traed la cruz!
Al instante tres soldados aparecieron con una pesada cruz. Xena la miró
con indiferencia. Echó una mirada tranquilizadora a Ares, visiblemente
afectado en el palco. En estos difíciles momentos, él, quien
había provocado el cambio de Gabrielle, había sido su último
consuelo. Al mirar a Xena, Ares se mostró más tranquilo.
Apresuradamente, unos soldados ataron a Xena a la cruz. Ésta, tranquila,
no se inmutó. Una vez atada, otros subieron la cruz con fuerza hasta
que quedó en posición vertical. Gabrielle hizo una seña
a otro hombre, y éste mostró ante la multitud un martillo. Ares,
desesperado, miró a Xena. Ésta permanecía calmada, aceptando
su final. Una lágrima corrió por la mejilla de Ares. Xena le
devolvió la mirada, mostrándole comprensión y dulzura.
Xena comprendía el dolor que estaba sintiendo Ares, y se lo hacía
llegar mediante sus ojos. Ares captó el mensaje que le transmitía
Xena, y sonrió. Ésta también le sonrió, y Ares
supo que entonces podía irse. Se levantó sin decir nada, dio
media vuelta y se marchó. Gabrielle se mostró asombrada, pero
rápidamente volvió a centrar su atención en la ejecución.
-Rómpele las piernas -ordenó.
El hombre del martillo obedeció al instante y fracturó las piernas
de Xena de un solo golpe. Xena soportó mejor el dolor que otras veces.
Frustrando los deseos de Gabrielle, no se mostró apenada.
Entonces ocurrió. Gabrielle tuvo una visión. No sabía
qué o quién la estaba produciendo, pero lo que a los demás
les pareció un instante, a ella le pareció eterno. Vio toda
su vida anterior, hasta que se había unido a Ares. Su infancia en Potedaia,
sus padres, su hermana Lila. Recordó el día en que conoció
a Xena, y todos sus años junto a ella. Viajó por todos los lugares
en los que había estado con Xena en otra época. Volvió
a ver a toda la gente a la que había conocido. Recordó los buenos
momentos, y también los malos, en los que Xena había estado
allí y la había ayudado. Recordó toda su vida anterior.
Entonces pudo haber cambiado. Pudo haber ordenado la suspensión de
la ejecución de Xena, y haber vuelto a su anterior vida. Haber renunciado
a la maldad que había conocido durante esos seis años. Haber
vuelto a ser Gabrielle. Pero no lo hizo. En lugar de eso, miró a Xena
despectivamente.
-Serás un ejemplo para todos los que se atrevan a desafiarme -dijo,
enseñándole la daga. Pero Xena no le prestó atención.
Estaba feliz.
Gabrielle miró a la multitud que estaba allí congregada y después
se levantó. A veces, las crucifixiones podían durar varias horas,
y ahora ella tenía asuntos pendientes en Grecia. Miró a Xena
detenidamente y después se dio la vuelta. Comenzó a caminar,
sin volver la mirada. Nunca la volvió a ver.
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Parte
2
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