Gratitud
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Parte
2
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El funeral se celebró pasado
el mediodía. Los aldeanos habían trabajado duramente. Las ancianas
del pueblo cubrieron el cuerpo de Temístocles con vendas blancas. Hombres
y mujeres prepararon la pira funeraria. No fue necesario ir al bosque a buscar
la leña: todos tenían mucha en sus casas, pues se encontraban
en medio del invierno.
Unos hombres jóvenes hicieron una pequeña hoguera. Ágrean
encendió allí una tea, y con ella, prendió la pira. Los
leños ardieron rápidamente. Mientras escuchaban crepitar la
madera, algunos apartaron la vista. Aunque estuviera cubierto de vendas, el
cuerpo que estaba ardiendo seguía siendo el de Temístocles,
quien había sido su vecino durante tantos años. Nunca más
le volverían a ver.
Xena entonó una canción de despedida, conteniendo las lágrimas.
Gabrielle ni siquiera lo intentó. Tenía los ojos enrojecidos;
sin duda, era a la que más había afectado la muerte de Temístocles.
Todos los aldeanos estaban profundamente impactados. Aquello era algo que
nunca se hubiesen esperado, y muchos de ellos aún tenían la
impresión de estar inmersos en un sueño del que despertarían
tarde o temprano. Iris se encontraba entre ellos. Aunque nunca había
tenido mucho trato con Temístocles, también estaba entristecida.
Su muerte, y todavía más el hecho de que se tratara de un suicidio,
le había hecho reflexionar mucho.
Xena terminó su canción. El fuego terminó, lentamente,
de consumir el cuerpo de Temístocles, convirtiéndolo en cenizas.
* * *
Los troncos de los árboles
dejaron de ser un buen blanco. Si los arqueros querían progresar, tendrían
que mejorar su precisión. Gabrielle pintó sobre la corteza de
los árboles unos círculos negros con tinta. Ahora tendrían
que conseguir que sus flechas se clavasen en esos puntos. Para Iris, esto
era un nuevo desafío, pero también resultaba mucho más
estimulante.
Gabrielle hizo lo mismo con los lanzadores de dagas. Si su propósito
era atacar las partes más desprotegidas por la armadura de los guerreros,
también tendrían que practicar con objetivos más concretos.
Los hombres encargados de las lanzas, por su parte, utilizaron su imaginación
y se dispusieron a atacar a un espantapájaros.
Gabrielle caminaba entre todos ellos, pero en realidad no se encontraba allí.
Su pensamiento la llevaba a rememorar los tres últimos días.
Se le agolpaban en la cabeza los recuerdos de Temístocles: su cara
al salvarlo, la conversación que tuvieron cuando le estaba curando
sus heridas, su cuerpo colgando del techo en aquella habitación oscura...
* * *
Xena y Ágrean regresaban a
la casa de éste a paso lento. Estaba anocheciendo, pero aún
podían ver sin necesidad de antorchas. Cuando llegaron, vieron a Gabrielle
esperándoles, apoyándose en la puerta.
-Xena -dijo-, ¿podemos hablar?
-Claro -respondió Xena.
Ágrean entró en la casa, cerrando la puerta a su paso. Gabrielle
se dirigió a Xena.
-Creo que no está bien lo que estamos haciendo -dijo.
Xena la miró, extrañada.
-¿A qué te refieres? -preguntó.
Gabrielle dudó unos instantes. Probablemente a Xena no le gustaría
lo que iba a decirle.
-Enseñarles a manejar armas... A matar -contestó.
-Gabrielle, si no lo hacen, los matarán -dijo Xena.
-¿Y que carguen con la culpa de una muerte? -gritó Gabrielle.
Xena estaba cada vez más sorprendida.
-¿Qué te sucede? -preguntó.
-Xena, tuve que matar a un hombre para salvar a Temístocles -dijo Gabrielle-.
Y ahora Temístocles está muerto.
-¿Qué quieres decir? -preguntó de nuevo Xena.
-Si no hubiera matado a ese hombre, al menos uno de los dos seguiría
vivo -dijo Gabrielle.
Xena la miró, visiblemente enfadada.
-No puedo creer que estés diciendo esto -gritó-. Temístocles...
-¡Tuve que quitar una vida para salvar la suya! -interrumpió
Gabrielle-. ¿Y así me lo paga?
-Gabrielle, no sigas pensando en eso -dijo Xena. Después entró
en la casa violentamente, dando un portazo.
Gabrielle se alejó un poco de la puerta. Lo más fácil
hubiera sido hacer lo que decía Xena. Dejar de pensar en ello. Pero
no podía. Alzó la vista y vio la luna, que aún estaba
ascendiendo en el cielo. Se llevó la mano a la mejilla: más
lágrimas. No había sido un buen día.
* * *
Ágrean oyó un ruido
y se levantó bruscamente, llevándose la mano a la espada, que
descansaba en una pequeña mesa junto a su cama. Aliviado, vio que se
trataba de Gabrielle, que ya se había levantado y se disponía
a salir de la casa.
-¡Gabrielle! -exclamó Ágrean-. Me has asustado. ¿Adónde
vas? -preguntó, mientras andaba hacia ella.
-Al bosque. A pasear -dijo Gabrielle con voz débil-. Creo que es el
lugar más tranquilo que puedo encontrar por aquí.
Ágrean la miró a los ojos. No parecía haber dormido muy
bien.
-¿Quieres que te acompañe? -preguntó.
-No -contestó Gabrielle- Creo que estaré mejor sola -continuó,
mientras abría la puerta.
-¿Estás segura? -preguntó Ágrean.
-Sí -respondió Gabrielle.
Ágrean le inspiraba confianza, pero ahora necesitaba un poco de soledad.
Abrió la puerta y salió. Ágrean vio que la débil
luz del amanecer se veía en el este, todavía lejos del pueblo.
Cerró la puerta y volvió a su cama, para aprovechar el poco
tiempo que pudiera quedarle de sueño.
* * *
-Mírame a los ojos -dijo Xena-.
Se adivinan los movimientos.
Ágrean dominaba cada vez más la espada. La empuñaba con
más seguridad, la manejaba con mayor soltura y le costaba mucho menos
detener los fuertes golpes de Xena. Estaría en condiciones de enfrentarse
a los espadachines del ejército, pero su limitada experiencia le pondría
en desventaja.
Hicieron un descanso para reponer fuerzas. El sol brillaba en lo alto del
cielo; tras pasarse toda la mañana entrenando, estaban cansados. Se
sentaron en unas rocas, mientras Ágrean cortaba unos trozos de queso
con una pequeña navaja
-Estoy preocupado por Gabrielle -comentó Ágrean.
-Yo también -dijo Xena.
-La muerte de Temístocles parece haberle afectado mucho -dijo Ágrean.
-Se está haciendo muchas preguntas -dijo Xena-. Y cuestionándose
demasiado.
-Debe de sentirse bastante mal. Ella salvó a Temístocles -recordó
Ágrean-. Se sentirá como si hubiese perdido algo... Como si
lo que hizo se hubiera anulado.
-Todo fue tan horrible -aseguró Xena-. Un suicidio...
Continuaron comiendo un rato en silencio. Los árboles apenas proyectaban
sombras en el suelo. Era casi mediodía.
-Sabes si Temístocles... Qué motivos pudieron llevarle a...
-dijo Xena de repente.
Ágrean reflexionó unos segundos. Sus ojos miraron al pasado.
-La vida no sonreía a Temístocles -dijo con tristeza-. Si en
verdad existe la fortuna, podría asegurar que no le acompañaba.
-¿Qué pasó? -preguntó Xena.
-Temístocles estaba... casado -contó Ágrean-. Y tenía
un hijo.
Ágrean hablaba en pasado. Xena sabía lo que significaba.
-Un día llegó al pueblo un señor de la guerra. Nos negamos
a darle comida para sus tropas. Como venganza, nos atacó -relató
Ágrean, reviviendo esos duros momentos-. Incendiaron la aldea. Casi
todas las casas fueron destruidas. Temístocles estaba junto a otros
hombres, intentando apagar el incendio. Se extendió más rápido
de lo que esperábamos y no pudo ser controlado. Su mujer y su hijo
no pudieron escapar.
-No hay nada tan duro como la pérdida de la familia -aseguró
Xena.
-Ahí no acaba la historia -dijo Ágrean-. Temístocles
tenía un pequeño negocio. Compraba la lana de las ovejas a unos
pastores que vivían al norte de la aldea. Ellos también fueron
atacados. Cuando el ejército se marchó, reunieron lo poco que
les había quedado y emigraron, cada uno en una dirección.
-Así que de la noche a la mañana, Temístocles se quedó
sin familia y arruinado -concluyó Xena.
-Tenía pocas posibilidades ante sí -dijo Ágrean-. Podría
haber aprendido a cultivar los campos, pero...
-No tenía ganas de vivir -continuó Xena.
-Exacto -dijo Ágrean-. Sin duda, la muerte fue para él una forma
de acabar con su dolor. Y todo por un señor de la guerra sin escrúpulos...
Ágrean se levantó, empuñando fuertemente su espada.
-Continuemos -dijo-. No quiero que algo así vuelva a suceder.
* * *
Gabrielle vagaba por los campos,
sin poder dejar de pensar en la muerte de Temístocles. ¿Era
justo? Le había hecho cargar con una muerte, y ni siquiera se lo había
agradecido. Había despreciado lo que había hecho por él.
Muchas veces se había cuestionado si las armas eran en verdad su camino.
A veces era necesario matar, para impedir la muerte de alguien inocente, o
incluso la suya propia. Pero esta muerte había sido inútil,
no había servido para nada. Sólo le había dado dos días
más de vida a Temístocles. ¿Realmente eso valía
la pena?
Gabrielle oyó un zumbido. Una flecha cruzó el aire y se clavó
en un árbol, a unos pocos metros de donde ella estaba. Gabrielle volvió
su cabeza y vio a Iris, portando su arco y llevando varias flechas a la espalda.
La joven arquera se acercó con firmes pasos para recoger la flecha.
-Hola, Gabrielle -saludó Iris cuando vio a la rubia.
-Hola -saludó Gabrielle.
-No esperaba encontrarte aquí -confesó Iris.
-Yo tampoco -reconoció Gabrielle.
-Decidí ir al bosque a practicar -explicó Iris. Arrancó
con cuidado la flecha del tronco del árbol. Había dejado una
pequeña pero claramente visible marca-. ¿Qué podía
hacer si no?
Iris volvió sobre sus pasos, con la flecha en la mano. Gabrielle la
acompañó.
-¿No tienes nada más que hacer? -preguntó Gabrielle.
-Sí, claro -dijo Iris-. Pero siento que esto es más importante.
Quiero algo que tener que hacer en el futuro, y para ello tengo que defenderlo.
Iris lanzó una nueva flecha. Ésta se clavó justo al lado
de la marca que había causado la anterior.
-¡Buen disparo! -exclamó Gabrielle.
Iris se dirigió de nuevo hacia el árbol, con Gabrielle caminando
a su lado.
-Y tú... -dijo Iris-, ¿qué hacías aquí?
Gabrielle permaneció unos momentos callada, con la cabeza baja. Luego,
levantó la mirada y dijo:
-Necesitaba un poco de intimidad. Para reflexionar es mejor estar sola.
Iris arrancó la flecha.
-Tal vez ahora quieras un poco de compañía -dijo-. ¿Hay
algo de lo que te gustaría hablar?
-Háblame de Temístocles -pidió Gabrielle.
* * *
Después de comer un suculento
conejo, preparado por Ágrean, Xena y Gabrielle se sentaron en unas
sillas para descansar antes de que comenzasen los entrenamientos de los aldeanos.
Se produjo un incómodo silencio. Xena fue la que lo rompió:
-Gabrielle -dijo-. Fui muy dura contigo anoche. No me paré a pensar
en lo que estabas pasando.
-Yo tampoco estuve muy acertada -reconoció Gabrielle-. Creo que no
me hubiera perdonado no haber salvado a Temístocles, pero aún
así siento que lo que hice no sirvió para nada. Y el precio
fue alto.
-¿Sabes? Temístocles tenía muchos problemas -dijo Xena.
-Sí, he hablado con Iris. Me contó lo de su mujer, su hijo y
las ovejas -dijo Gabrielle.
-Tuvo que sufrir mucho -dijo Xena.
-Sin duda -dijo Gabrielle-, pero eso no hace que me sienta mejor. Sigo sin
entender a Temístocles. Ni siquiera me dio las gracias por salvarle.
Nunca lo hizo.
-Si no quieres, no tienes por qué supervisar los entrenamientos. Puedo
nombrar a un supervisor de cada grupo -sugirió Xena.
-No. No quiero defraudarte -dijo Gabrielle.
-Será mejor que descanses. Últimamente te he encargado demasiadas
tareas -reconoció Xena-. Estaba con ocupada con Ágrean que no
te presté la atención que te mereces.
-No hemos hablado mucho estos últimos días -dijo Gabrielle-.
Y ésa es la mejor forma de resolver los problemas.
-Tienes razón -dijo Xena, levantándose-. ¿Estarás
bien?
-Perfectamente -dijo Gabrielle.
-Hasta esta noche -se despidió Xena, y comenzó a marcharse.
-Xena -llamó Gabrielle. Xena se giró-. Entre los arqueros...
escoge a Iris. Es la mejor.
-Lo haré -prometió Xena sonriendo, y salió de la casa.
Gabrielle la vio alejarse por una ventana. Cuando su figura se perdió
en el camino, Gabrielle rebuscó en su bolsa y cogió tinta, una
pluma y un pergamino, que abrió: era nuevo. Con la luz del sol de la
tarde entrando por la ventana, comenzó a escribir una de las historias
de sus viajes con Xena, y así continuó hasta que la oscuridad
de la noche empezó a entrar en la habitación.
* * *
La mañana del cuarto día.
Cuatro eran los días que se tardaba en ir a Larisa y volver, y podían
esperar un ataque desde la noche, cuando el señor de la guerra comenzase
a sospechar que los refuerzos no iban a llegar.
Los campesinos decidieron dejar por un día sus tareas diarias y pidieron
a Xena que los entrenamientos también tuviesen lugar por la mañana.
La proximidad del ataque les había puesto nerviosos, y querían
estar lo más preparados posible para enfrentarse a él.
Gabrielle continuó escribiendo el pergamino que había comenzado
la tarde anterior, y cuando lo terminó, lo enrolló cuidadosamente
y lo guardó en la bolsa. Después, salió de la casa de
Ágrean y se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en la
pared. Recordar otra vez sus aventuras junto a Xena le había ayudado
a olvidarse de sus problemas durante un buen rato, pero ahora todo le volvía
a la cabeza. Deseó tener compañía, para distraerse y
poder dejar de pensar en ello.
Oyó unas pisadas. Levantó rápidamente la cabeza y vio
que se trataba de Ágrean.
-Hola, Gabrielle -saludó.
-Hola, Ágrean -dijo Gabrielle-. ¿No estás entrenando
con Xena?
-No -dijo Ágrean-. Xena me ha dado un poco de tiempo libre. Está
ayudando con las lanzas. Es una mujer muy fuerte.
-Sin duda -dijo Gabrielle.
Ágrean se sentó en el suelo, a su lado.
-¿Qué tal te sientes? -preguntó.
-Intento no pensar mucho en ello, pero a veces no puedo evitarlo. Cada vez
que pienso en que esa muerte fue completamente inútil... -dijo Gabrielle.
-Te afectó mucho la muerte de Temístocles, ¿verdad? -dijo
Ágrean.
-No podía creer lo que veía. No quería aceptar que se
hubiera suicidado... -explicó Gabrielle-. Me derrumbé. Se supone
que los guerreros tenemos que ser fuertes, pero... no fue así.
-A mí me pareces una fantástica guerrera -aseguró Ágrean.
-Pero siguiendo este camino no debo dudar en matar. No sabes lo duro que es
-dijo Gabrielle.
-Tal vez mañana lo sepa -dijo Ágrean, con tristeza en sus hermosos
ojos castaños, con los que miró fijamente a Gabrielle. Ella
le devolvió la mirada con sus profundos ojos verdes, y estuvieron un
rato sin decir nada, hasta que Gabrielle decidió romper el silencio.
Por un rato había olvidado dónde se encontraba.
-A veces me pregunto si esto es lo que debo hacer -confesó Gabrielle-.
Siendo una guerrera puedo vivir grandes aventuras junto a Xena, pero tal vez
no sea lo que mejor se me dé.
-Y... ¿qué se te da mejor? -preguntó Ágrean.
-Tal vez... contar historias -dijo Gabrielle-. Desde siempre lo he hecho.
Incluso gané un concurso en la Academia para bardos de Atenas.
-Vaya -exclamó Ágrean-. Me gustaría oírte contar
una.
-De acuerdo -dijo Gabrielle-. ¿Qué tal... la historia de Callisto?
-Suena bien -dijo Ágrean, y Gabrielle comenzó a relatar la legendaria
historia de la guerrera Callisto y su lucha con Xena, la princesa guerrera.
* * *
Ya era el cuarto día que se
despertaba atado en el establo. El mensajero tenía las manos y los
pies atados, de forma que era casi imposible moverlos, al menos para intentar
escapar, y una cuerda alrededor del cuello que lo unía a la pequeña
valla que contenía a los caballos.
Un hombre entró en el establo. Llevaba una bandeja con algo de comida
y agua, contenida en un sencillo vaso de madera. Al menos en esta aldea eran
considerados con los prisioneros.
-La comida -dijo secamente.
El hombre dejó la bandeja en el suelo, al lado de donde estaba sentado
el mensajero.
-Desátame -pidió el mensajero-. No querrás que coma con
las manos atadas.
Claro que podía, pero tenía que intentarlo.
-De acuerdo -dijo el hombre.
Sacó una navaja, que guardaba en una pequeña vaina en el cinturón,
y se arrodilló enfrente de él. En cuanto cortó las cuerdas
de las manos, el mensajero le dio un fuerte golpe con sus puños en
la cabeza. El hombre cayó al suelo, dolorido y desconcertado.
El mensajero buscó la navaja a tientas. Con la cuerda del cuello, no
podía mover bien la cabeza. Ésta fue la primera que cortó
en cuanto la encontró, pues era la que más le molestaba. Un
caballo comenzó a relinchar, nervioso. Lo más rápido
que pudo, cortó las cuerdas que le aprisionaban los tobillos y se incorporó.
Al levantarse, golpeó la bandeja, y el plato con la comida y el vaso
de agua rodaron por el suelo. Tras pasar unos días sentado, le costó
un poco mantenerse en pie. Se apoyó en la valla.
El caballo seguía relinchando. Era como si llamase a alguien, si fuera
posible que se diera cuenta de lo que estaba sucediendo. Sin embargo, él
estaba interesado en otro caballo: el suyo propio. En él iba cabalgando
cuando fue capturado. Se dirigía hacia Larisa cuando cayó del
caballo; algo le había hecho tropezar. La siguiente imagen que recordaba
era la cara de Xena interrogándole. Ahora su caballo estaba en el establo,
junto a los de los aldeanos. Si quería tener posibilidades de huir,
tenía que recuperarlo.
El hombre de la navaja se movió un poco en el suelo, pero no se levantó.
Parecía aturdido. El mensajero se volvió al caballo que relinchaba
y gritó:
-¡Cállate, caballo!
-No es un caballo -dijo una voz de mujer-. Es una yegua.
Se trataba de Xena, que probablemente habría acudido alertada por los
relinchos. Entró corriendo en el establo y golpeó al mensajero.
Intentó intercambiar unos golpes, pero estaba muy débil y cayó
al suelo.
-Así que intentando escapar -dijo Xena, cogiéndolo del cuello
de su camisa y levantándolo-. ¡Levántate! ¡Traslado
de celda!
* * *
Gabrielle terminó de contar
la historia. Ágrean había escuchado en silencio, pero ahora
lo rompió.
-Vaya -exclamó-. Después de verte luchar con esos... -dijo,
mirando a las botas de Gabrielle.
-Sais -dijo Gabrielle, empuñando sus armas, que habían permanecido
sujetas a sus botas.
-Sais -repitió Ágrean-. Después de verte luchar con tus
sais, creía que no habría nada que se te diera mejor. Pero...
he comprobado que eres maravillosa contando historias -dijo.
-Estoy siguiendo dos caminos, el de la pluma y el de las armas -dijo Gabrielle-.
No puedo decidirme por uno solo, cada uno me aporta algo que el otro no me
da. Pero uno es pacífico, y el otro es violento. Son difíciles
de compaginar.
-No tienes por qué limitarte a uno de ellos -dijo Ágrean-. Puedes
ser una bardo guerrera.
-Sin embargo, el camino del guerrero es el que más duro me resulta
-confesó Gabrielle-. He tenido muchas experiencias luchando, y no todas
han sido buenas. Y ésta última me ha hecho dudar... otra vez.
-Debes permanecer fuerte. Temístocles no tuvo fuerzas para continuar,
pero tú las llevas dentro de ti -dijo Ágrean-. Eres un líder
para esta gente, igual que Xena. Veros serenas y firmes les ayudará
a confiar en ellos mismos. Incluso yo mismo debo hacer un esfuerzo y parecer
tranquilo.
-¿No lo estás? -preguntó Gabrielle.
-Estoy aterrado -reconoció Ágrean-. Pero Xena me eligió
para enseñarme los secretos de la espada, y eso hace que ahora me vean
de forma distinta. Siento que mis ojos deben transmitirles confianza.
-Lo hacen -dijo Gabrielle.
-Se ha hecho bastante tarde -dijo Ágrean, cambiando de tema-. ¿Crees
que Xena estará buscándome?
-Conociéndola, me imagino que se estará entreteniendo mucho
con esas lanzas -dijo Gabrielle-. Se le dan bien todas las armas, y le gusta
sentir su poder entre sus manos.
-Sí -dijo Ágrean-. Estoy teniendo una gran maestra. Nunca había
visto a nadie blandir la espada como ella.
Continuaron un rato en silencio, oyendo tan sólo el silbido de un suave
viento que se había levantado.
-Xena es muy afortunada -dijo Ágrean de repente.
-¿Por manejar tan bien la espada? -preguntó Gabrielle, riendo.
-Por tenerte a su lado -dijo Ágrean, sonriendo. Su sonrisa era capaz
de robar el corazón.
Gabrielle permaneció callada unos instantes, mirando a Ágrean
a los ojos. No sabía qué decir, ni tampoco tenía necesidad
de decir nada.
-¿Sabes? -dijo Gabrielle, al cabo de un rato-. Creo que debo hacer
lo que me dijiste y superar esto. Voy a supervisar los entrenamientos. Tienen
que verme fuerte.
Gabrielle se levantó y se marchó, convencida. Los argumentos
de Ágrean habían resultado más convincentes de lo que
él esperaba, aunque tampoco le sorprendía, pues Gabrielle, a
pesar de todo, tenía un espíritu muy fuerte.
Poco después llegó Xena, que llevaba sujeto por el cuello de
la camisa al mensajero, que no ofrecía resistencia.
-¿Qué ha pasado? -preguntó Ágrean.
-Intentó escapar -dijo Xena-. Necesitaremos algo más que cuerdas.
-¿Dónde vas a llevarlo? -preguntó Ágrean.
-A tu casa -dijo Xena, abriendo la puerta-. Dime que tienes una cadena.
-Sí, mi padre la usaba para cerrar la puerta de la cuadra. Tenía
caballos -dijo Ágrean, mientras los tres entraban en la casa-. También
puedo darte un candado.
-Perfecto -dijo Xena-. Por cierto, ¿dónde está Gabrielle?
-Se encuentra mucho más animada -dijo Ágrean-. Me contó
la historia de Callisto.
-Un clásico -dijo Xena-. Nunca falla.
-Volvió con los aldeanos. Quería volver a ayudarlos en su entrenamiento
-dijo Ágrean.
-Parece que hablar contigo le ha sentado bien -dijo Xena.
Ágrean sonrió. Él también se sentía mejor
después de hablar con Gabrielle.
* * *
Con la caída de la noche,
Xena y Gabrielle volvieron a reunirse con los aldeanos, pero esta vez había
mujeres. Las cosas estaban cambiando.
-Podemos esperar un ataque desde esta noche -dijo Xena-. Por ese motivo, debemos
prepararnos rápidamente.
-¿Nos atacarán de noche? -preguntó Iris. Era una de las
mujeres que se encontraban allí.
-Por lo general, se suele evitar la noche -explicó Xena-. Pero es una
posibilidad. Obviamente, la falta de luz es un obstáculo para ambos
bandos, pero el atacante se ve favorecido por el desconcierto del rival.
-Os distribuiremos por distintos lugares, según cómo vayáis
a luchar -dijo Gabrielle.
-Organizaremos guardias, para que podáis dormir tranquilamente y estar
descansados cuando el ataque comience -continuó Xena.
-¿Dormir al aire libre, en una noche de invierno? -exclamó un
hombre-. Tendremos suerte si el frío nos deja pelear.
-No es nada que unas cuantas mantas no puedan solucionar -dijo Ágrean-.
El plan de Xena y Gabrielle es lo mejor que podemos hacer.
Las palabras de Ágrean ayudaron a los aldeanos a aceptar la estrategia.
El hecho de que a él le pareciera la mejor hizo que para muchos también
lo fuera.
-¿Y los niños? -preguntó una mujer-. ¿Qué
haremos con ellos?
-Mi madre es demasiado mayor para disparar con un arco -dijo otra-. ¿Cómo
la protegeremos?
Xena sonrió. Eran precisamente las mujeres, las que hasta su llegada
apenas eran tenidas en cuenta, quienes se preocupaban de lo que realmente
importaba.
-No os preocupéis -dijo-. Está todo planeado. No se verán
expuestos al peligro.
-Si alguno de los que estén haciendo guardia los ve llegar, debe avisar
lo más rápidamente que pueda -prosiguió Gabrielle.
-Pero debe hacerlo sigilosamente -dijo Xena-. Tal vez el señor de la
guerra haya mandado espías y se haya enterado de vuestro entrenamiento,
pero no creo que considere a unos campesinos una gran amenaza. Cuando lleguen
al pueblo, no deben saber que estamos escondidos, distribuidos por todas partes.
Así seremos nosotros quienes nos beneficiemos de su sorpresa.
-¿Y cómo sabremos que vienen? En la oscuridad de la noche, no
podremos saberlo hasta que estén sobre nosotros -dijo otro hombre.
-Podréis saberlo -dijo Xena-. Llevarán antorchas.
Los aldeanos se miraron unos a otros, preocupados. El fuego ya había
destruido una vez el pueblo. No querían pasar por lo mismo una vez
más.
-Con Xena y Gabrielle a nuestro lado, el triunfo será nuestro -dijo
Ágrean, intentando animar a sus vecinos.
-Si no tenéis más preguntas, podríamos ir preparándonos
-dijo Gabrielle.
-Salgamos -dijo Xena-. Reuníos por grupos según vuestra arma.
Gabrielle y yo os distribuiremos y os daremos instrucciones sobre lo que tenéis
que hacer cuando lleguen los guerreros.
Todos salieron lentamente de la habitación. Ágrean había
dicho que con las dos guerreras luchando junto a ellos, vencerían.
Sin embargo, con ellas no era suficiente. La victoria estaba en sus manos,
serían todos ellos los que la conseguirían.
* * *
Aún estaba oscuro. Ágrean,
sentado en el suelo, y tapado con una raída manta, giró la cabeza.
Por el este el cielo comenzaba a clarearse. Habían pasado toda la noche
bajo el cruel frío del invierno, y no se había producido el
temido ataque. Otro de los hombres que estaba haciendo guardia parecía
molesto, pero no dijo nada.
Xena y Gabrielle dormían en el suelo, tapadas como podían con
viejas mantas. Las dos también habían tenido que hacer guardias,
y descansaban, recuperando fuerzas para la batalla que nunca llegaba.
A lo lejos, el negro del cielo ya estaba cambiando a un azul claro. Sin embargo,
todavía se respiraba el aliento gélido del aire de la madrugada.
Ágrean se frotó las manos para conservarlas calientes. Necesitaba
tenerlas ágiles para manejar la espada.
De repente los vieron. Sólo eran unas luces que se acercaban desde
los árboles, pero todos sabían lo que eran. Comenzaron a dar
la voz de alarma. Ágrean se acercó a Gabrielle y la golpeó
suavemente el brazo.
-¿Qué pasa? -preguntó débilmente Gabrielle, abriendo
los ojos.
-Ya vienen -respondió Ágrean.
Xena se despertó, alertada por el movimiento que se estaba produciendo
a su alrededor. Las dos guerreras se levantaron. Lo mismo hacían los
aldeanos, mientras preparaban sus armas, listos para combatir.
El señor de la guerra lideraba su ejército montado en su fuerte
caballo negro. Junto a él iban otros jinetes, todos portando antorchas.
Sin embargo, también iban muchos soldados a pie, entre los cuales algunos
también llevaban antorchas. Tal como había predicho Xena, había
más guerreros que en el primer ataque. Había convocado a todos
sus hombres para este ataque.
El señor de la guerra miró a su alrededor, extrañado.
Sentía que pasaba algo raro en la aldea, pero no podía decir
qué era. Sus hombres se colocaron a su alrededor, esperando una orden
de ataque. Junto a ellos se elevaba el gran edificio que había servido
de hospital.
-Quemadlo -ordenó.
Varios hombres a pie se dirigieron hacia él. Entonces descubrieron
que había sido cubierto con telas húmedas. De lejos no habían
podido verlo, ya que la oscuridad disminuía considerablemente su visión.
-¿Qué es esto? -exclamó uno de los hombres.
Apenas había acabado de hablar cuando los hombres que se habían
acercado al edificio comenzaron a tirarse por el suelo, gritando con un enorme
dolor. Soltaron las antorchas. El fuego que las consumía formó
varias líneas llameantes en el suelo.
-¡Aceite! -exclamó el señor de la guerra-. ¡Aceite
hirviendo!
Desde las ventanas, volvió a caer aceite. Dentro del hospital, las
ancianas, que no habían querido dejar de colaborar, estaban hirviéndola
en grandes calderos. No se trataba de un arma convencional, pero no por ello
era menos eficaz. Se encontraban acompañadas de los niños, que
allí estaban a salvo, y de algunas mujeres jóvenes, algunas
embarazadas, que las ayudaban sin exponerse a ningún riesgo. Se habían
pasado la noche recubriendo las paredes con largas telas húmedas, para
evitar incendios. Había dado resultado.
-¡Entrad allí! -gritó el señor de la guerra, mientras
varios de sus hombres se revolcaban doloridos por el suelo.
Cuando los soldados se dirigieron a la puerta, cayó sobre ellos una
lluvia de flechas. Los arqueros se habían escondido en la oscuridad
de los callejones e incluso en las copas de los árboles, y constituyeron
un gran ataque sorpresa.
-¡Xena! Es astuta como un zorro -murmuró.
De varias partes cayeron sobre ellos poderosas lanzas. Esto los desconcertó
aún más. Varias golpearon a los guerreros. Una atravesó
a otro de ellos, y otra se clavó en el cuerpo de un caballo, tirando
a su jinete violentamente al suelo.
Mientras tanto, algunos de los guerreros habían logrado llegar a la
puerta del hospital. Sin embargo, encontraron que había sido atrancada.
No tenían un arma poderosa para destruirla, así que tuvieron
que renunciar a entrar en el edificio.
De nuevo las flechas. En medio de la noche era difícil apuntar, pero
muchos arqueros acertaron en su blanco, aunque pocas fueron mortales.
-¡Encontradlos! -gritó el señor de la guerra, con todas
sus fuerzas-. Y estén donde estén, ¡matadlos!
Los hombres comenzaron a dispersarse. Xena, que observaba todo escondida detrás
de una casa, gritó:
-¡Es nuestro turno! ¡Gabrielle, Ágrean, al ataque!
Los tres corrieron al encuentro de los guerreros, Xena y Ágrean empuñando
sus espadas, Gabrielle con sus sais. Al principio aprovecharon el desconcierto
de los guerreros, que no los esperaban, para arrebatarles sus espadas. Al
verlos, muchos otros fueron corriendo para derrotarlos, pero tuvieron un obstáculo:
las pequeñas dagas, que cayeron sobre ellos como una nueva lluvia.
Sus afiladas puntas les causaron a varios de ellas serias heridas. Uno de
los guerreros cayó al suelo, muerto. Una de las dagas se le había
clavado en el cuello.
Xena, Gabrielle y Ágrean continuaron frenando a los guerreros, para
evitar que se acercasen a los arqueros. Cada uno con su arma, desarmaron e
hirieron a muchos soldados. Poco a poco, los tres fueron alejándose,
y algunos soldados avanzaron hacia el interior del pueblo. Gabrielle los siguió
y se enfrentó a ellos, protegiendo a los aldeanos.
Xena vio que el propio señor de la guerra había desmontado y
cogido una antorcha. Antes de que pudiera quemar algo con ella, Xena lanzó
el chakram, que cortó la antorcha por la mitad. El señor de
la guerra la vio y desenvainó su espada, corriendo hacia ella. Comenzaron
a intercambiar golpes con furia.
Ágrean luchaba contra un guerrero. Con un fuerte golpe, tal como le
había enseñado Xena, le tiró la espada al suelo. Rápidamente,
le golpeó con la hoja de la espada, tirándolo también
a él. Un nuevo hombre se dirigió hacia él, mientras una
flecha pasaba a su lado y se clavaba en el pecho de un soldado que trataba
de encender una antorcha. Este nuevo rival luchaba mejor que el anterior.
Cuando estaba a punto de desarmarlo, realizó un rápido movimiento
contra Ágrean y fue éste quien cayó al suelo, soltando
su espada. El soldado empuñó su espada con las dos manos y la
levantó, dispuesto a clavársela. Ágrean, tan rápido
como pudo, alargó su brazo para recuperar su espada y se la clavó
al guerrero en el estómago, antes de que pudiera hacer nada. La sacó:
estaba cubierta de sangre. El hombre al que acababa de matar, el primero,
cayó al suelo. Ágrean se levantó rápidamente y
corrió a enfrentarse con otro soldado.
Iris preparó una nueva flecha para lanzar, escondida detrás
de un árbol. Había acertado en la mayoría de sus disparos.
A pesar de la tensa situación en la que se encontraba, había
logrado concentrarse. Soltó la flecha, que atravesó el pecho
de un guerrero. Cogió una nueva flecha, pero cuando se disponía
a lanzarla, apareció delante de ella un hombre con una espada en la
mano.
-¿Te gusta lanzar flechas? -gritó.
Iris esperó a que se acercase lo suficiente y le dio una patada a sus
piernas. El hombre cayó al suelo, pero se levantó y se dispuso
a atacarla. En ese momento, apareció Gabrielle, que desvió el
golpe de la espada con el sai de la mano izquierda, y le clavó el de
la derecha en el hombro. El hombre se alejó corriendo, dolorido.
-Gracias -exclamó Iris, todavía nerviosa.
-Continúa con las flechas -dijo Gabrielle-. Estáis haciendo
un buen trabajo.
Gabrielle se alejó y se enfrentó a un nuevo guerrero. Mientras
luchaba, un hombre se le acercó corriendo por detrás, pero fue
sorprendido por una de las lanzas, que le atravesó.
Xena continuaba luchando con el señor de la guerra. De vez en cuando
se acercaba un nuevo guerrero, pero Xena movía su espada con la suficiente
destreza como para enfrentarse a la vez a dos hombres, o incluso a tres.
Comenzaba a amanecer. Ágrean, tras herir a un hombre en el abdomen,
se giró y clavó su espada en el pecho de un guerrero que se
dirigía corriendo hacia él. Después corrió hacia
otro hombre, que intentaba recuperar una de las antorchas de los hombres que
habían sufrido la caída del aceite hirviendo. En su carrera,
no dudó en clavarle el filo de su espada en el costado a un guerrero,
que luchaba con un hacha. Cayó al suelo, sangrando. Cuando alcanzó
al hombre de la antorcha, le hirió en el brazo y le arrebató
la antorcha. Con ella, le quemó el otro brazo, para asegurarse de que
no intentase atacar de nuevo, y la apagó en el suelo.
Gabrielle, con sus sais, luchó contra dos soldados a la vez. No le
resultó demasiado difícil deshacerse de ambos, una vez les hubo
quitado sus espadas. En medio de una lluvia de flechas, dagas y lanzas, avanzó
hasta un guerrero que se disponía a lanzar su hacha hacia Ágrean.
Antes de que pudiera hacerlo, lanzó uno de sus sais, que se clavó
en su cabeza. Con el otro, aún en carrera, hirió a un hombre
en la pierna, mientras se agachaba para evitar un golpe de su espada. La herida
que le provocó fue bastante profunda como para cojeara durante varios
días. Mientras recogió el sai de la cabeza del hombre del hacha,
oyó una flecha cruzando el aire. Ésta se clavó en el
pecho de un hombre que corría hacia ella. Gabrielle giró la
cabeza y vio a Iris, sonriente, que le había devuelto el favor.
Apenas quedaban hombres que atacasen a Xena mientras ésta luchaba contra
el señor de la guerra. Era un duro rival, y en más de una ocasión
puso en un apuro a Xena, pero finalmente ésta logró alcanzarle
en la mano derecha, la mano con la que empuñaba su espada. El señor
de la guerra intentó luchar con la izquierda, pero no era tan hábil,
y acabó cayendo al suelo. Como en su primer encuentro, antes de que
Xena pudiera golpearle, se levantó y comenzó a correr.
-¡No huyas, cobarde! -gritó Xena.
No lo persiguió, pues sabía que no haría falta. El señor
de la guerra montó en su caballo y se alejó por el mismo camino
por el que había venido. Al verlo huir, los hombres que seguían
con vida se alejaron, tomando caminos distintos. Muchos habían perdido
la vida en la batalla.
Los aldeanos salieron de sus escondites, alegres por haber conseguido la victoria.
Los que se habían encerrado en el hospital salieron, ya tranquilos
al saber que el peligro había pasado.
Gabrielle se acercó a Ágrean, que se encontraba de pie, alejado
de los demás. Llevaba su espada en la mano derecha. Estaba cubierta
de sangre.
-Ahora hay sangre en mis manos -dijo.
Gabrielle le enseñó sus sais. También estaban manchados.
-Tuvimos que hacerlo -dijo-. A ninguno nos gusta matar, pero a veces no hay
más remedio.
-Es extraño lo que se siente -continuó Ágrean-. Distinto
a como lo imaginaba. Es cercano a la culpa, pero no puedo sentirme culpable.
Les he quitado la vida para que no se la arrebatasen a mi gente.
-Ése es el auténtico sentido de luchar -explicó Gabrielle-.
Proteger a las personas sencillas. Ellos son el bien supremo.
Ágrean la abrazó.
-Entonces, hemos vencido -murmuró-. El bien supremo ha vencido.
* * *
Sentado en el suelo, apoyándose
en una esquina de una habitación de la casa de Ágrean, el mensajero
había pasado la noche encadenado. Había podido librarse de las
cuerdas que lo ataban en el establo, pero ahora no podía hacer nada
con esa cadena. Tendría que resignarse a esperar a que Xena decidiera
qué hacer con él.
Cuando aún estaba oscuro, el rumor de la batalla le había despertado.
Ahora que la luz del sol comenzaba a entrar por una ventana, los gritos de
júbilo que podía escuchar le indicaban que el combate ya había
finalizado. Le era imposible afirmar cuál había sido el bando
vencedor, pero algo le decía que se trataba del de los aldeanos, dirigidos
por Xena y Gabrielle: no olía a quemado, las antorchas no habían
incendiado el pueblo.
De repente, oyó abrirse la puerta de entrada de la casa. Escuchó
las pisadas de varias personas. Desde la habitación en que se encontraba,
no podía ver quiénes eran, pero pronto lo descubriría.
Xena, Gabrielle y Ágrean entraron en la habitación, y se dirigieron
hacia él. Xena llevaba en sus manos una llave de metal. La princesa
guerrera se agachó y abrió con ella el candado que aprisionaba
la cadena.
-Eres libre -anunció.
El mensajero la miró, desconfiado.
-¿No vas a matarme? -preguntó.
-He dicho que eres libre -repitió Xena-. Tienes una segunda oportunidad.
Xena le retiró las cadenas. El mensajero se levantó lentamente.
-¿No temes que vuelva al ejército? -preguntó de nuevo.
-Ya no hay ejército al que puedas regresar -dijo Xena-. Tu caballo
está en el establo, listo para partir. Ágrean te llevará
hasta él.
Ágrean y el mensajero, aún desconfiado, salieron de la casa.
Xena y Gabrielle recogieron la cadena, que se encontraba en el suelo.
-Tal vez vuelva a convertirse en guerrero -dijo Gabrielle-. Hay más
ejércitos a los que puede unirse.
-En cualquier caso, ya no podemos ocuparnos de eso -dijo Xena-. Nuestra misión
es darle una oportunidad; la suya es aprovecharla.
* * *
A mediodía, Xena y Gabrielle
ya estaban preparadas para marcharse del pueblo. Debían continuar su
viaje.
Los aldeanos reunieron en las grandes bolsas de piel las armas, que tenían
que ser devueltas. Ágrean cogió su vaina, con la espada dentro,
de su cinturón, para entregársela a Xena.
-No -dijo Xena-. Quédatela.
-Pero... debo devolverla al templo de Ares -dijo Ágrean.
-¿Una simple espada? -exclamó Xena-. No creo que la echen de
menos. En tus manos, sé que será utilizada para luchar por la
paz.
-Entonces, ya están todas -dijo Ágrean, guardando su espada-.
Siempre os estaremos agradecidos por lo que hicisteis por nosotros.
-¿Seguro que no queréis que devolvamos nosotras las armas? -preguntó
Gabrielle-. Podríamos acercarnos.
-No, vosotras sólo tenéis un caballo. Sería mucho peso.
Lo haremos nosotros -dijo Ágrean-. Al final las vamos a devolver a
tiempo -añadió, mirando a Xena.
-Sí -dijo Xena-. Le prometí al sacerdote de Ares que las tendría
de vuelta en menos de una semana.
Xena abrazó a Ágrean, y luego a Iris. Los dos habían
demostrado ser unos grandes guerreros.
-Con esta victoria, vosotros obtendréis paz -dijo Xena-. Cuando os
vuelvan a atacar, habréis tenido tiempo para entrenaros y tener vuestras
propias armas. Ágrean, espero que dentro de poco estés enseñando
a manejar la espada a otros. No dejes de practicar. Eres fantástico
con ella.
-Tuve a la mejor maestra -dijo Ágrean.
Gabrielle se acercó a Iris y la abrazó. En ella había
ganado una nueva amiga.
-Espero que nos veamos pronto -dijo Iris.
-Yo también -dijo Gabrielle.
Luego abrazó fuertemente a Ágrean.
-Te voy a echar de menos -murmuró.
-Yo también os echaré mucho de menos -dijo Ágrean-. Cuídate.
-Hasta la vista -dijo Xena, y ella y Gabrielle comenzaron a alejarse del pueblo,
caminando al lado de Argo.
-¿Crees que volveremos a verlas? -le preguntó Iris a Ágrean.
-Estoy seguro -contestó Ágrean.
Xena y Gabrielle dejaron atrás la aldea, y con ella seis días
llenos de recuerdos. Las dos habían vivido muchas experiencias, pero
habían sido más intensas para Gabrielle. Había conocido
a Temístocles, a Iris, a Ágrean... Ágrean... Sentía
una gran tristeza por no haber podido conocerlo mejor. Esperaba volver a verlo,
algún día.
-Xena -comenzó Gabrielle.
-¿Qué quieres? -preguntó Xena.
-He estado pensando en lo que dijiste cuando liberamos al mensajero -dijo
Gabrielle-. Lo que dijiste sobre cuál era nuestra misión, y
cuál la de aquellos a los que ayudamos. Creo que tiene algo que ver
con Temístocles. Yo le di una oportunidad de seguir viviendo, de rehacer
su vida. Pero él no quiso aprovecharla.
-No podemos controlar lo que hacen después de salvarlos -dijo Xena-.
Temístocles escogió morir.
-Es una pena que esa muerte no sirviera para nada -dijo Gabrielle-. Pero no
puedo dudar sobre si debo salvar a alguien inocente o no. No puedo saber de
antemano si voy a acertar.
-Yo no creo que esa muerte fuera inútil -dijo Xena-. Aunque Temístocles
acabó suicidándose, al menos murió sabiendo que alguien
se había interesado por él. Tú.
-Supongo que tienes razón -dijo Gabrielle-. Siento mucho que Temístocles
decidiera acabar con su vida. Tenía muchos años por delante.
Podía haber hecho muchas cosas.
-Nunca lo sabremos -dijo Xena.
-Cuando le vi muerto -dijo Gabrielle-, se me pasaron muchos pensamientos por
la cabeza. Sentí impotencia. Frustración... Creo que ésa
es la palabra. Me sentía frustrada. Habíamos logrado salvar
a todos los aldeanos, y ahora él moría, sin que yo pudiera hacer
nada. Tal vez hubiera preferido que no le hubiera salvado de aquél
guerrero.
-En la vida que llevamos, la única recompensa que podemos esperar es
la gratitud de aquellos a los que defendemos -dijo Xena-. Pero no siempre
la obtenemos, y entonces no podemos hacer nada. Sin embargo, cuando la sentimos,
sabemos que todo el esfuerzo merece la pena.
-La sentí cuando salvé a Iris de uno de los guerreros -dijo
Gabrielle-. Estaba realmente agradecida. Tienes razón; es por esos
momentos por los que este tipo de vida vale la pena.
Xena y Gabrielle se volvieron para ver por último vez a los aldeanos,
Iris y Ágrean. Éstos aún les seguían con la mirada.
Finalmente, las dos guerreras emprendieron de nuevo su camino y desaparecieron
entre los árboles.
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Parte
2
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